El blog de Manolo Rodríguez

Reflexiones de tres años como bloguero. ¿Qué he aprendido en estos 1.095 días?

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Reflexiones de tres años como bloguero. ¿Qué he aprendido en estos 1.095 días?

El pasado 28 de febrero este blog cumplió tres años. Mientras pensaba (sí, a veces lo hago) sobre lo que iba a escribir para conmemorar el tercer aniversario de Desenredando la red me pregunté cuándo puede decir uno que es un bloguero. ¿Cuando ha pasado uno? ¿Dos? ¿Tres años desde que empezaste? ¿Cuando has escrito 100? ¿200? ¿300 post? ¿Cuando has tenido 10? ¿100? ¿1.000 comentarios en tus artículos? ¿Cuando has conseguido las primeras 5.000? ¿50.000? ¿500.000 visitas?

Cuando comprobé en el tablón de anuncios de la facultad la nota de la última asignatura que me quedaba del último año de la carrera y vi que había aprobado no me consideré un periodista. Lo hice un tiempo después cuando redacté la primera noticia remunerada (por cierto, sobre una prueba de hípica) y salió publicada al día siguiente en el periódico.

Supongo que les pasará lo mismo, por ejemplo, a los médicos. No creo que se sientan médicos al acabar la carrera, sino cuando consiguen curar a un enfermo.

Bloguero

Después de tres años publicando un artículo (casi) todas las semanas; después de 170 post; después de superar los últimos meses las 20.000 páginas vistas y de aparecer en algunos rankings que te inflan el ego, pero sobre todo te muestran que vas por el buen camino, la verdad es que no tengo ni idea de cuándo uno puede denominarse bloguero. Pensándolo bien tampoco me importa mucho.

Perdonen ustedes por esta reflexión en voz alta, pero me apetecía. Al que cumple años se le pueden perdonar algunas cosas. Digo yo.

He titulado este post Reflexiones de tres años como bloguero. ¿Qué he aprendido en estos 1.095 días? Sí, ya sé que es un titular buenísimo, lleno de palabras claves y que atrae y llama la atención; en formato de lista y todas esas historias que vas aprendiendo blogueando durante tres años. Ah, y también con menos de 70 caracteres para que después se pueda tuitear.

Palabras clave

Por el texto están diseminadas las palabras claves (si alguien las encuentra que me avise porque yo no las veo); tiene una estructura sencilla y al principio he hecho un resumen de todo el artículo. He utilizado frases y párrafos cortos y llamadas a la acción. He puesto unos cuantos títulos en h2 cada tres o cuatro párrafos. He etiquetado y categorizado el post y pasa de las 500 palabras de extensión.

He editado la url del artículo para que sea más amigable para los buscadores. La foto tiene un nombre que no es img8989.jpg. Está correctamente optimizada. Rellené su título, la descripción y la etiqueta ‘alt’. No tiene una resolución de más de 72 y no pesa más de 50 kb. En fin, todo lo que dicen los manuales que hay que hacer. Pero hay otras historias que no te cuentan.

¿Que qué he aprendido en estos tres años de blog? Lo primero: a conocerme mejor. Sí, aún más. A saber cuáles son mis (escasas) virtudes y mis (abundantes) defectos. A devolverme las ganas de escribir, pese a trabajar en un periódico. A encontrar mi estilo en cada uno de los post que redacto; a sentirme cada vez más a gusto escribiendo; a incluir el blog en mis hábitos de vida; a meter más horas de las inimaginables; a ser constante; a ser más ordenado y metódico (sí, aún más)… En fin. A escribir, primero para mí, porque me apetece, y después para el resto.

Porque las visitas, los comentarios, la relevancia, la visibilidad, los rankings, la marca personal y todas esas monsergas que alimentan el ego de un bloguero van llegando. Pero no es el fin último.

Osado desde el comienzo

Tres años después de escribir mi primer post (cuánto cariño le tengo) me doy cuenta de lo osado que fui. No sabía casi ni de lo que hablaba. Ahora tampoco he mejorado mucho que digamos. Pero el blog me ha ayudado a querer aprender cada vez más; a investigar por mi cuenta; a leer a gente muy buena; a leer a otros que… madre de dios.

A probar, a fallar, a volver a probar, a volver a fallar y en ese bucle creo que deberíamos vivir todos. “Viviendo en Beta”, que diría un amigo. Estos tres años también te dan para escribir sobre los errores que has cometido (5 lecciones que he aprendido con los artículos menos leídos de mi blog),

Con el paso del tiempo también me he dado cuenta de que en lugar de saber más, cada vez sé menos. Me pasó durante los cuatro meses centrales del pasado año. Las visitas bajaron a la mitad sin ninguna causa aparente. Las que llegaban desde Google y las que aportaban las redes sociales. Conté en este post como conseguí superar el bache. Aún no sé si lo que hice surtió efecto. Porque Google es como mi mujer (tiene respuesta para todo), pero cuando le preguntaba por qué caían las visitas se encogía de hombros.

Se duplican las visitas

Sólo sé que a partir de ese momento las visitas no sólo volvieron a los niveles anteriores sino que casi se han duplicado. “Sólo sé que no se nada”, que diría Sócrates. Sí, he tenido que preguntarle a Google quién había dicho esta frase porque ya no me acordaba.

¿Que qué más he aprendido en estos tres años de blog? A dar antes de recibir. A intentar aportar un poco de valor a todos esos ingenuos que sin quererlo pinchan en un enlace y llegan hasta este blog. A intentar desenredar a la red aunque a veces me enrede en ella, eslogan de esta bitácora. A solucionar problemas, ofreciendo contenido gratis -sí, gratis- y útil que cubra las necesidades de quien busca información.

A llevar hasta las últimas consecuencias esa idea del marketing de contenidos; del marketing generoso; de no esperar un beso en la primera cita; de ofrecer gratis lo que sabes para ganar lo que vales (Yoriento dixit); de convertir una pasión en contenidos y esos contenidos en servicios (de nuevo Yoriento). Y en esto he andado estos tres años. Y prometo otros tres años más… al menos.

Y si después de este pequeño striptease personal no he conseguido que te pique la curiosidad por empezar un blog te dejo la última idea. Solo el 1% de los usuarios de internet crean contenidos. El 9% contribuye a difundirlos y el otro 90% se limita a consumirlos. ¿No te apetece, por una vez, hacer lo contrario de la mayoría? Merece la pena.

 

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